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domingo, 15 de marzo de 2026

Experiencia

Hacía años. Muchos, muchos años, había aprendido a amar el café frío. No frío por ponerle hielo a un vaso grande, de tubo. No era un frío intencionado. Era el frío que se cuela por la rendija de una puerta que no aísla del todo, creando una corriente que se arremolina en tus tobillos. Era el frío que crece en tus ojos justo antes de que se empiece a derramar una lágrima no deseada. Era el frío que dejas de sentir cuando te encuentras acurrucada en la más muerta de las apatías.

Los años, que le habían regalado canas, también le habían regalado calidez para enfrentarse al frío. Ahora, era capaz de amarlo, porque había aprendido a comprenderlo. Ahora se ponía un cárdigan holgado que le tapaba incluso las piernas. Ahora, calentaba su café con un posavasos eléctrico. Ahora, había aprendido a entender su frío. Entendía que la solución no se encontraba en aprender a eliminarlo, sino en abrirle la puerta cuando exigía entrar. En coger el cárdigan y apretar el botón de calor del posavasos justo antes de sentarse frente a él a escuchar lo que tenía que decir. Y después, había aprendido a decirle al frío que tenía que esperar, que este no era su momento. Que lo dejaba coexistir con ella, pero que no iba a dejar que invadiera todos los rincones de su casa. Que, en su espacio, solo tenía hueco a ratos. Y que, por primera vez en su vida, ahora ella era prácticamente capaz de elegir cuándo esos momentos tendrían lugar.


miércoles, 17 de abril de 2013

Agua

Me encanta el agua, es parte de mi.
Es más que un sentimiento de gusto o disgusto. Es una necesidad. Un alivio que recorre mi cuerpo cuando me sumerjo en ella. Como si comenzara a respirar en el momento en el que empiezo a aguantar la respiración para saltar a la profundidad. La profundidad, como el agua misma, también forma parte de mi.

Cuando no tengo espacio suficiente para nadar -para moverme hasta agotarme, para sentirme libre con cada movimiento, donde mi cuerpo no pesa y puedo elevarme y sumergirme cuando yo decida, en aquel mundo que tan bien conozco y que parezco gobernar- me contento con llenarme la bañera, cerrar los ojos y sentir cómo el agua va ascendiendo por mi cuerpo lentamente, poco a poco, como un susurro, como una suave caricia en mi piel de aquella amante tan conocida. Me tranquiliza que se me hundan las orejas y escuchar el mundo de otra forma. Los sonidos externos se olvidan, los internos se amplifican. Todo suena en un acorde muy distinto. Me concentro en el latir de mi propio corazón, en el mío y en el de nadie más. Es un viaje tranquilo hacia mi interior, donde voy y quiero ir sola. Allí están mis recuerdos y mis secretos, y me los cuentan mis propios latidos, que me hablan como lo hace un amigo cuando necesitas que alguien te haga ver las cosas desde otra perspectiva.
El agua sigue subiendo y me besa los labios. Y es entonces, justo antes de cerrar el grifo, cuando imagino cómo sería dejar que siguiera subiendo. Imagino cómo sería que me llegara a cubrir del todo y yo no llegara a ahogarme. Cómo podría quedarme allí para siempre, porque allí el agua me mece en la paz que yo misma he encontrado; que se siente, parece, sabe, suena y huele a mi.

Cuando ni siquiera tengo agua en la que sumergirme, cuando ni siquiera tengo agua que tocar para recordar todo eso, me concentro. Me concentro como ahora y consigo sentir, en parte, lo que el agua me hace ser.
Es allí donde voy cuando necesito la paz que nadie puede darme. Es allí donde voy para verme tal y como soy.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Al cerrar los ojos

A veces lo necesito, lo busco. Me alejo de las personas y me aíslo en un rincón silencioso, sin voces y sin huellas. Y al cerrar los ojos me encuentro en la cima de un faro de grande cristalera, blanco, y con un tejado morado como cielo de un día que muere sobre el océano.
Y allí me encuentro, completamente sola, inspirando con lentitud el olor a sal. Escuchando el arrullo del agua que me canta y contemplando la trayectoria del sol y de las estrellas.
Pero cada vez que voy a ese faro la luz está apagada. Es lo que más agradezco de aquel lugar. Es el faro apagado, la apagada necesidad. 
Es la tranquila soledad.

jueves, 4 de octubre de 2012

Aire

Y, hasta que vuelvas, me plantaré en la tierra y cavaré hondo para que no me lleve el aire.
Porque cuando estás conmigo haces del mundo un lugar fácil y ligero
y si te vas me dejas flotando en el viento.
Y volando allá donde me lleve el aire tengo miedo de alejarme y perderme
y de naufragar en una isla donde no pueda encontrarme.
Una isla donde pasaría las horas escudriñando el reflejo del agua por si mi lado a te veo
y escalando a los árboles y saltando, por si el viento me lleva de nuevo escuchando mi deseo.

Y, hasta que vuelvas, me plantaré en la tierra y cavaré hondo para que no me lleve el aire.
Y allí me quedaría, para esperarte y no volarme.
Y si mis hojas se marchitan y comienzo a agrietarme,
Y si mi corazón sigue intentando echar raíces
me haré un ovillo y soñaré contigo mientras aguardo
a que tus ojos me vean y tus besos me rieguen
y tu sonrisa despierte de nuevo mi primavera y tus caricias me curen.

martes, 18 de septiembre de 2012

Aguas negras

El barco surcaba las aguas negras y rompía el reflejo de la luna de la superficie. En la cubierta ella, arropada y abrazada por la tela de su chaqueta, observaba las parpadeantes luces de la ciudad, ya lejana.
La puerta a sus espaldas se abrió silenciosa. Él se aproximó a ella y sus brazos rodearon su espalda. Los labios color carmín de ella sonrieron de forma secreta, pues en aquella noche guardaba un secreto con aquella luna vieja.
Un secreto y una promesa llevados el viento de la noche.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Quimera

A través de la fotografía, la observaba desde lo alto. Los lunares de sus hombros formaban pequeñas constelaciones de estrellas en su piel morena. Sus ojos canelas eran surcados por espesas pestañas negras como nubes que rozan dos lunas. Sus delgadas orejas casi eran tapadas por los mechones de cabello que navegaban por su espalda descubierta. Su cabello, sus ojos y su piel se iluminaban con la luz de aquel instante del pasado. 
Las manos del joven sostenían aquella vieja fotografía, y sus ojos, tan distintos de los de aquella mujer, recorrían cada detalle. Había algo, pensaba. Aquella mujer tenía algo que no era capaz de llegar a comprender. Y, aunque se lamentaba con la certeza de que nunca llegaría a averiguarlo, bebía de cada una de las miradas que compartían. Pasaba las horas encerrado en su cuarto sintiendo como anidaban mariposas en su estómago cuando ella le miraba como nunca nadie lo había hecho.

miércoles, 20 de junio de 2012

El hombre que ignoraba demasiado

Desde su trono de hielo contempla la ventisca a través de la ventana.
Con sus helados ojos observa atentamente el mundo exterior.
En sus aposentos, la chimenea cultiva ceniza;
las velas se consumen sin apenas cera.
Allí acumula sus tesoros: objetos brillantes, extraños;
muy antiguos o muy nuevos; recuerdos de sus conquistas, 

palabras de amor de extrañas en papeles agrietados.
Los libros y más libros, alimentados con polvo y con su mirada atenta,
son estudiados por el hombre que ignoraba demasiado.
Escudriña en ellos en busca de sabiduría para entender lo que afuera crece.
Se cree las palabras que se traga con sus ojos de hielo
sin más pruebas que la tinta sobre el pergamino.
Hombre ignorante sin saberlo,
creyendo que comprendía todos los misterios del universo.
Por ello, todas sus decisiones debían de ser las correctas,
pues no habría nadie más culto en todos los temas. 

Y, aunque se equivocaba, nunca llegaría a ser consciente de ello. 
Había olvidado aprender de la vida, 
olvidando cómo se vive, si es que aquello existía.
Olvidando cometer errores, pues nunca se atrevía.
Era el Rey de las oportunidades perdidas,
pues era, además, el hombre que nunca había amado, aunque sí había sido amado.

Y mientras él miraba con desdén a los aldeanos,
que eran gobernados por la vida, ellos le temían,
pues no comprendían cómo un hombre podía parecer tan poco humano.
Era el hombre que ignoraba demasiado.

sábado, 21 de abril de 2012

Céfiro

Despertó con el olor de las hojas muertas y del barro. Tenía tierra entre las uñas, semillas enredadas en su pelo y frío en los huesos. Las rocas se perdían a su espalda según avanzaba entre los árboles. Apartaba con las manos las ramas que colgaban del cielo, con cariño, abriéndose camino hasta la cima. Escaló las rocas cubiertas de musgo y allí permaneció, observando aquel océano escarlata, ocre, alazán y jade que bailaba ante sus ojos.
Y por última vez inspiró, llenando los pulmones de la brisa caduca de la alborada antes de disolverse en el viento. Y voló, como motas de polvo. Voló junto a las semillas que antes anidaban en su pelo, haciendo círculos en el cielo hasta hundirse en el mar escarlata, ocre, alazán y jade y germinar con ellas en la tierra.



sábado, 24 de marzo de 2012

Armonía

Y aquel año me casé con el invierno. Siempre me había gustado arroparme bajo gruesas mantas de colores, me sentía protegida, me sentía tranquila.
Me encantaba pasar las noches con él, leyendo frente a la chimenea mientras me abrazaba y me contemplaba. En ocasiones me traía una taza de chocolate caliente, cuando veía mis labios demasiado azules. Y con chocolate en los suyos me besaba hasta que volvía el carmín a los míos.
Yo pintaba la casa con naranjas y verdes sobre aquel fondo blanco de nieve. Llenaba su silencio con mis discos de vinilo y volaban los acordes desde el dormitorio hasta la cocina. La luz del sol atravesaba los cristales de las ventanas, tiñendo la casa con la fresca esencia de los primeros meses de año.
Cuando añoraba el calor del sol sólo tenía que abrir aquella puerta de madera blanca y bajar los escalones de arcilla. Y allí estaba mi primavera, esperándome al igual que me esperaba el invierno en casa, aunque nunca lo reconociera.

domingo, 4 de marzo de 2012

Quererse sin palabras

Sé, por esa comprensión nuestra que no necesita de palabras ni oídos, que no me dirás te quiero. Es extraño, pero yo tampoco lo haré. Rompiste los esquemas prestablecidos. Desviaste mi norte con tu campo magnético. 
Alguien me dijo que cuando necesitemos conjugarnos para demostrar nuestro amor será porque éste ya no existe. Será porque necesitamos llenar el vacío del corazón con palabras, para así no ver lo vano de los sentimientos. 
Podría ser un mentirnos, una despedida para siempre... O podría ser otro cambio de rumbo. Quién sabe lo que las estrellas conjuran para el futuro. Sólo sé que te quiero de esa manera en la que nos queremos, y que tus labios sellados son delatados por tus besos, por cómo me acaricias la mejilla, por cómo me sostienes y por cómo orbitamos el uno en torno al otro, atraídos por las cargas opuestas que llevamos en nuestros cuerpos. 
Dos imanes que no huyen de sus diferencias, sino que incluso llegan a amarlas. Sin miedo al peligro de derrumbe que me acorralaba entonces. 



"peligro derrumbamiento - enamorarse es genial"

Gracias a Wanderer por su texto y sus siempre increíbles palabras: Tormentas de tinta y papel: Quererse sin palabras.

domingo, 19 de febrero de 2012

Metamorfosis

Encima de una colina hay una casa sin tejado. Sólo cuatro paredes y un molino de agua en una de ellas. Una mujer se levanta del sofá rojo. Tiene el pelo oscuro recogido en un moño y el flequillo le cubre la frente. Sus perfilados ojos examinan el lugar. Avanza, coge la regadera y moja el suelo, donde crece la hierba. Las enredaderas comienzan a crecen por las paredes hasta que llegan a donde debería estar el techo y se pierden por el otro lado. En cuanto el agua las toca, las flores nacen y se abren y los tallos bailan.
El pájaro amarillo aguarda en su media jaula. El viento sopla y eleva una de las gotas de agua hasta él. El pequeño pájaro abre los ojos con sorpresa y empieza a crecer, estirando las alas mientras se hacen grandes. Las plumas se cambian de color y se vuelven marrones. Llenando sus pulmones con energía, aletea y sale de la media jaula. Da una última vuelta a la habitación hasta escapar por encima de las paredes de verdes enredaderas.
La mujer deja de regar. Mira hacia el cielo viendo al águila salir de la habitación. Se acerca a la ventana de sucios cristales para observar cómo el animal vuela hacia las montañas.
A lo lejos, por el camino de tierra, un caballo tira de un carro vacío.

domingo, 29 de enero de 2012

Sal y heridas

Cuidado.
Que el filo de tu aliento no me apuñale. Que el amor no es mejor ni mayor con heridas. 
Que entonces otros labios estarás besando aunque me beses. Y si me miras, encontrarás una mirada vacía. Y mi mano entre tus manos estará perdida. Y yo estaré en una playa donde llueve, el viento grita y yo me hundo para diluirme en agua marina.

sábado, 28 de enero de 2012

Contrataque

Él se quedó helado. Sus ojos... ya no desprendían calor. Toda dulzura había escapado de ellos. Todo en un escaso instante en el que ella se transformó con leves pero aterradores cambios. Su postura, antes relajada, era ahora felina. Sus hombros tensos y su cuerpo agazapado, listo para saltar. Para atacar. Bajo la fina tela que la tapaba, sus músculos se tensaron y su piel se erizó. Las negras pupilas se dilataron y afilaron, clavándose en las suyas como silenciosas dagas.
Y lo olió. Olió su propio asombro y su inquietud. Pero también olió la furia y la fuerza que emanaba de ella. Toda ella, como una bestia salvaje. El aspecto de la muerte antes de arrancarte la vida.
Paralizado, el tiempo voló y escapó como un suspiro. Y los escasos instantes en los que ella lo taladró con su amenazadora mirada acabaron tan rápidamente como empezaron. Con un último gesto donde todas las señales de peligro se acentuaron, ella se fue, dejándolo solo.
Pero dejó allí aquel olor a sangre, arrobo y amenaza. Su huella parecía hablarle en aquel frío y cortante silencio: Ni lo intentes. No pienses siquiera en hacerme daño o no dudaré en defenderme. La imagen de chica llena de bondad que él conocía le parecía imposible, imposible que viviera en el mismo cuerpo de aquella letal criatura.

sábado, 14 de enero de 2012

Ocaso

Una tímida melodía nació en el crepúsculo. Él la escuchó nacer y decidió verla crecer.
Recorrió el pasillo de aquella mansión vacía y subió las largas y onduladas escaleras hasta el segundo piso. En la habitación más grande, también vacía, estaba el piano. El único mueble que quedaba en la vieja mansión. Y ella, inclinada sobre el mismo, lo acariciaba con suavidad. Los rayos del sol se colaban por los cristales vistiendo la sala de cobre, la madera con fuego y los cabellos de ella de oro viejo.
Vestía un traje blanco de época, de larga y abultada falda, cintura ceñida y amplias mangas que caían desde sus hombros en una cascada de encaje. Su piel pálida se encendía con la luz y el piano reflejaba su figura. Miraba sin ver las negras y blancas teclas, con la cabeza inclinada hacia ellas. Parecía estar susurrándole en una conversación que sólo ellos dos podían comprender. Sin embargo, el aire inundado por la suave música sabía a melancolía y olía a un amor tan puro que, cuando él lo inhaló, se sintió cohibido.
Creyendo que había invadido la más privada de las intimidades, se alejó de aquella habitación, dejando a la joven despedirse de su piano para siempre.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Marea

Camina sin prisas por la orilla de la playa desierta, con las botas colgando de sus dedos con un rítmico balanceo. Aun estando en diciembre, prefiere hundir sus pies descalzos en el agua marina.
El suave ir y venir, el arrullo de las olas y el cielo despejado calman la tempestad de su corazón.
Sale del agua y camina para observar historias de amor ajenas dibujadas en la arena de la playa. Se gira para presenciar la lenta caída del sol por el horizonte hasta ser tragado por el mar y, cuando el cielo se torna negro y lo decoran multitud de puntos blancos y parpadeantes, el agua del mar vuelve a alcanzar sus pies fríos, borrando las promesas de amor eterno que se hallaban a su alrededor.

martes, 8 de noviembre de 2011

Blancos y negros

La melodía escapaba de la radio, flotando por la casa y subiendo las escaleras hasta su habitación. Allí, Ella miraba por la ventana con una sonrisa pícara. Sus ojos también sonreían.
En la negrura de la noche, la luna pintaba las nubes que pasaban frente a ella de gris oscuro. El resto se perdían en las sombras. Pero en el interior de aquella casa, las sombras quedaban limitadas a oscurecer los colores y a huir de la luz.
Segura de sí misma, apretó el grueso jersey de lana contra su cuerpo y bajó las escaleras hasta abrir la puerta, dejando que el frío nocturno la hechizara. Caminó descalza sobre las hojas caídas hasta que, entre árboles dormidos, quedó lejos de la seguridad. Y aun así se sintió tranquila. Su sonrisa se retiró para descansar y sus ojos escrutaron el horizonte difuso.
Se sentía tranquila, capaz de aceptar que las luces y las sombras seguirían cambiando a su alrededor. Pero Ella se mantendría en pie entre todas las tormentas y sus sosiegos.