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miércoles, 14 de diciembre de 2016

La mujer árbol

La joven encendió el agua caliente hasta que el vapor inundó la habitación. Se tumbó en la bañera, como tantas otras veces había hecho, y dejó su mente volar.

En su viaje la acompañaban unos suaves acordes de guitarra, las palabras de un dulce violín, los secretos de un sereno piano y la voz calmada de un hombre. Dejó que su vista se nublara hasta solo ver el vapor pasar, bailando en formas misteriosas para ella. Se concentró solo en la música, en la música y en sentir cómo las gotas de agua se condensaban en su pecho y caían con una suave caricia por su costado.

Y allí sonrió. Estaba allí y volvía a estar aquí, en su pequeño santuario. El que hacía años que no pisaba. Se sintió en su hogar, y su hogar no la extrañaba, pues en el fondo sabía que volvería.

Sonrió al encontrarse con la misma chiquilla de hace años. De hecho, la saludó cordialmente. Se alegraba de reconocerse en la mujer que era ahora. Sonrió al encontrar a su vieja amiga: esa sensación agradable en la boca al saber que, a pesar de las heridas, nada ni nadie había podido cambiarla. Seguía siendo ella.

Se sintió como un árbol que ya había echado corteza gruesa. Sintió cómo habían crecido las cicatrices que habían dejado en la misma algunas personas, y sonrió al ver que aunque allí estaban las heridas, su cuerpo las había hecho sutas. Los nombres que habían intentado permanecer en la corteza ya no los poseían sus dueños. Eran de ella. Ella era ella. La de siempre.

Y, por última vez, sonrió en su pequeño santuario mientras ponía suavemente una mano en aquella pared de palabras. Le dedicó una cálida despedida, sabiendo que no sería definitiva.

Sabía el camino de vuelta.

So we walked and walked and walked along our way.


miércoles, 17 de abril de 2013

Agua

Me encanta el agua, es parte de mi.
Es más que un sentimiento de gusto o disgusto. Es una necesidad. Un alivio que recorre mi cuerpo cuando me sumerjo en ella. Como si comenzara a respirar en el momento en el que empiezo a aguantar la respiración para saltar a la profundidad. La profundidad, como el agua misma, también forma parte de mi.

Cuando no tengo espacio suficiente para nadar -para moverme hasta agotarme, para sentirme libre con cada movimiento, donde mi cuerpo no pesa y puedo elevarme y sumergirme cuando yo decida, en aquel mundo que tan bien conozco y que parezco gobernar- me contento con llenarme la bañera, cerrar los ojos y sentir cómo el agua va ascendiendo por mi cuerpo lentamente, poco a poco, como un susurro, como una suave caricia en mi piel de aquella amante tan conocida. Me tranquiliza que se me hundan las orejas y escuchar el mundo de otra forma. Los sonidos externos se olvidan, los internos se amplifican. Todo suena en un acorde muy distinto. Me concentro en el latir de mi propio corazón, en el mío y en el de nadie más. Es un viaje tranquilo hacia mi interior, donde voy y quiero ir sola. Allí están mis recuerdos y mis secretos, y me los cuentan mis propios latidos, que me hablan como lo hace un amigo cuando necesitas que alguien te haga ver las cosas desde otra perspectiva.
El agua sigue subiendo y me besa los labios. Y es entonces, justo antes de cerrar el grifo, cuando imagino cómo sería dejar que siguiera subiendo. Imagino cómo sería que me llegara a cubrir del todo y yo no llegara a ahogarme. Cómo podría quedarme allí para siempre, porque allí el agua me mece en la paz que yo misma he encontrado; que se siente, parece, sabe, suena y huele a mi.

Cuando ni siquiera tengo agua en la que sumergirme, cuando ni siquiera tengo agua que tocar para recordar todo eso, me concentro. Me concentro como ahora y consigo sentir, en parte, lo que el agua me hace ser.
Es allí donde voy cuando necesito la paz que nadie puede darme. Es allí donde voy para verme tal y como soy.

domingo, 3 de febrero de 2013

¿Te he dicho alguna vez que tienes una sonrisa preciosa?

Y la tienes.

Cuando te ríes tus ojos se rasgan y, paradójicamente, te iluminan la cara aunque casi desaparecen entre tus párpados. Tu boca se ensancha en una gran sonrisa y tu rostro se muestra amable y cariñoso.

Se podrían escribir odas a tu risa, pero yo sólo quiero dedicarte ésto para que nunca te olvides de sonreír. Que tienes el poder de calentar corazones y sanar almas con una simple sonrisa. Simple gesto con el que moverías montañas.

No te aflijas, que harás el mundo tuyo y lo enamorarás con tu sonrisa.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Dientes y garras

Tumbado en la cama con las manos bajo la cabeza la miré. Tenía el cuerpo oculto entre las sábanas y el pelo revuelto. Me miraba con aquellos ojos salvajes, con aquella mirada de loba que acecha. Aquellos ojos que brillaban de hambre y de pena. Aquella mirada que estremece y que provocó que saltara la trinchera y acabara con la distancia que nos separaba.
Pronto las sábanas caían al suelo y nosotros volvíamos a comenzar nuestra lucha encarnizada.

lunes, 20 de agosto de 2012

La mujer salvaje

Es ella. La que nunca fue domada. La que camina y te mira, atravesándote con sus ojos oscuros llenos de fuerza. Sus pies no dudan. Si tiene miedo, no le asusta mostrarlo. Si siente ira, la libera. Cuando llega, si ella quiere, todos callan. Si hay música, ella le da ritmo y si ella quiere, la música para.


Inspirado en Sara Baras (La Pepa)

martes, 29 de mayo de 2012

Exigencias

Algunas personas siguen creyendo que las flores crecen por sí solas. Otras incluso insisten cada día para que éstas formen más y más hermosos pétalos, de vivos colores y redondeadas formas. Insisten  incluso cuando la planta decide escavar hondo y tragar tierra para encontrar el agua que necesita.

Años después, creo yo, la planta estará tan resquebrajada que se partirá con la primera tormenta de verano y no sobrevivirá al próximo invierno.
Lo hermoso de esta historia será verla resurgir de aquellas raíces que, aun así, decidió formar. Como la hierba que nace de la capa de nieve, como la vida que reaparece con cada primavera.

domingo, 13 de mayo de 2012

¿?

Míranos, ¿es que no nos ves?
Escúchanos, siéntelo.
Sin ser consciente te quedas mirando esa foto en la que nos miramos el uno al otro, profundamente, de alma a alma. ¿Recuerdas cómo te sentías en ese instante?
Rescátalo, saboréanos. Somos el olor a verano. Somos la primera lluvia de primavera. Somos la marea que rasga las rocas. Somos esa fuerza que pararía el tiempo. Somos la brisa que juega entre nuestras manos. Somos el sabor de la sal en los labios y la caricia de la hierba sobre la que nos recostamos. Somos las estrellas a las que admiramos.
Somos las horas del mar, que no acaban, que giran y giran, sin gastarse.


You're -only- in my head...

lunes, 30 de abril de 2012

Raíles / III.

Estaba de pie en un pasillo vacío del tren, un pequeño y estrecho espacio que comunicaba dos de los vagones principales. Sus ojos recorrían rápidos el paisaje, revoloteando por todos los rincones que se extendían más allá de las ventanas. De repente, una colina cortada apareció, ocultándole la vista. Ella atravesó sus arcillosas entrañas con una mirada de reproche. Por fin, el paisaje renació: largos prados de color ocre y esmeralda, algunos de los cuales tenían la suerte de crecer salvajes y con hermoso desorden; y, en la lejanía, la silueta de una cordillera de montañas contrastaba con la plata del cielo propia de esas horas en las que el Sol ya se había ocultado pero su luz aún pertenece. Unas espesas nubes se suspendían sobre la silueta azulada de las montañas en el contraluz de aquella bella imagen que ella deseó inmortalizar.

sábado, 24 de marzo de 2012

Armonía

Y aquel año me casé con el invierno. Siempre me había gustado arroparme bajo gruesas mantas de colores, me sentía protegida, me sentía tranquila.
Me encantaba pasar las noches con él, leyendo frente a la chimenea mientras me abrazaba y me contemplaba. En ocasiones me traía una taza de chocolate caliente, cuando veía mis labios demasiado azules. Y con chocolate en los suyos me besaba hasta que volvía el carmín a los míos.
Yo pintaba la casa con naranjas y verdes sobre aquel fondo blanco de nieve. Llenaba su silencio con mis discos de vinilo y volaban los acordes desde el dormitorio hasta la cocina. La luz del sol atravesaba los cristales de las ventanas, tiñendo la casa con la fresca esencia de los primeros meses de año.
Cuando añoraba el calor del sol sólo tenía que abrir aquella puerta de madera blanca y bajar los escalones de arcilla. Y allí estaba mi primavera, esperándome al igual que me esperaba el invierno en casa, aunque nunca lo reconociera.

domingo, 4 de marzo de 2012

Quererse sin palabras

Sé, por esa comprensión nuestra que no necesita de palabras ni oídos, que no me dirás te quiero. Es extraño, pero yo tampoco lo haré. Rompiste los esquemas prestablecidos. Desviaste mi norte con tu campo magnético. 
Alguien me dijo que cuando necesitemos conjugarnos para demostrar nuestro amor será porque éste ya no existe. Será porque necesitamos llenar el vacío del corazón con palabras, para así no ver lo vano de los sentimientos. 
Podría ser un mentirnos, una despedida para siempre... O podría ser otro cambio de rumbo. Quién sabe lo que las estrellas conjuran para el futuro. Sólo sé que te quiero de esa manera en la que nos queremos, y que tus labios sellados son delatados por tus besos, por cómo me acaricias la mejilla, por cómo me sostienes y por cómo orbitamos el uno en torno al otro, atraídos por las cargas opuestas que llevamos en nuestros cuerpos. 
Dos imanes que no huyen de sus diferencias, sino que incluso llegan a amarlas. Sin miedo al peligro de derrumbe que me acorralaba entonces. 



"peligro derrumbamiento - enamorarse es genial"

Gracias a Wanderer por su texto y sus siempre increíbles palabras: Tormentas de tinta y papel: Quererse sin palabras.

martes, 31 de enero de 2012

Pies de viajero

Recuerdo... un amanecer en la cima de un acantilado. Las olas chocando contra sus afiladas paredes. Y frente a mí, en la lejanía, la desembocadura de un río cortando en dos una hermosa playa desierta rodeada de bosque salvaje. Recuerdo la suave temperatura y la húmeda brisa de la mañana con olor a sal. Y yo, con el agua del aire calada hasta los huesos, me senté en un tronco torcido contemplando aquel furtivo y exótico paisaje y descansando los pies de viajero.


Ruta Quetzal BBVA. 2008. Panamá-España.

sábado, 7 de enero de 2012

Plata

Y andando sobre los agujeros de la noche, pisando la oscuridad con cuidado para no caerme en uno de ellos, te uniste a mi camino. Y sin apenas ser consciente de ello, los días pasaron. Las horas se tornaron en semanas y sin darnos cuenta habían pasado meses. Y en el camino nos hicimos mayores. Yo dejé de lamentarme por lo pasado, tú me descubriste un futuro.
Y crecí y crecí y crecí hasta que me di cuenta de cuánto había crecido. Crecí yo sola y crecí contigo. Crecí tanto que ya no me caía en los agujeros de la noche al pisarlos. Tanto que, allí, bajo esa luna de plata, me vi al lado de un hombre que un día fue el niño con el que compartí miedos e ilusiones. Y me devolviste la fe en mi misma, me tapaste las heridas y ya no echaron sangre.

domingo, 1 de enero de 2012

Luna, ven a mí

Una vieja foto desgastada y quemada era proyectada contra la pared. Y allí estaba ella, diez años atrás. Tenía las mismas ojeras y los mismos ojos inquietos que apenas dormían para beber del mundo. Y sus manitas sucias agarraban la arena del suelo, aferrándose a la tierra y la hierba.
Mirando aquella imagen fue consciente de que era igual que aquella chiquilla, quizás algo menos inocente, quizás algo más sabia. Pero seguía siendo como aquella chica famélica que parecía una niña de la calle, una niña del bosque, corriendo entre las raíces.
Y se miraba ahora al espejo, con las mismas ojeras y sus manos imperfectas y descuidadas. Con ojos insatisfechos a pesar de que, si lo pensaba, lo tenía todo. Y allí lo veía claro: tenía dos vidas, la que le ofrecía su reflejo, la que desde que era pequeña le vendieron como perfecta, la que llevaba años labrando y de la que comenzaba a ver los primeros frutos de su sudor y esfuerzo; y la otra vida, la que se escapaba por la ventana. La que se ocultaba bajo el marrón de sus iris y que se encendía alazán con el fuego del sol. La que le seducía con abandonarlo todo, porque lo que tiene ahora no es lo que desea, lo que necesita. La que le suplicaba que se arrancase las botas de los pies y salir corriendo descalza por la tierra hasta llegar allí donde nadie la conociera. Allí donde pudiera quitarse sus ropas compradas con dinero y vestirse con lo que encuentre. Allí donde sea una más, un granito más de la arena que pisa. Allí donde encuentre la felicidad en los rostros ajenos. Allí donde encuentre paz, unidad y a su muerte, sienta que hizo lo correcto, que su tiempo en la Tierra no fue gastado únicamente para su propio bienestar.

A veces se sentía tan egoísta que sólo cabía la aversión en ella. 
Aversión e injusticia infinita por no agarrar la ventana y saltar por ella.

martes, 27 de diciembre de 2011

Luciérnagas en el jardín

La noche volvía a caer. Una noche fresca de verano, sin nubes cubriendo el cielo. Salió por la puerta trasera de la casa y bajó las escaleras que descendían al jardín. Sus pies descalzos pisaron la hierba y pudo sentir cómo los insectos revoloteaban a su alrededor. Sobre él, las estrellas brillaban, como hermosas bombillas parpadeantes que trataban de encender la noche. Caminó muy lentamente, sintiendo la tierra húmeda bajo sus dedos.
Las luciérnagas volaban en círculos, como si trataran de hacerse ver a lo lejos. Quizás querían imitar a las estrellas, quizás pretendían ser estrellas. Quizás tan solo pretendían que les hicieran un hueco para ellas, o quizás anhelaban ser vistas desde los cielos, al igual que ellas, cada noche, observaban las estrellas desde el suelo.
Las estrellas de verdad llenan los cielos
Y las luciérnagas las imitan en su vuelo
Y aunque no igualen a las estrellas en tamaño
Y estrellas no sean, a pesar del engaño
Recuerdan a veces su luz y su hermosura
Aunque jamás podrán alcanzar su altura
(Fireflies in the Garden)

La noche volvía a caer. Otra noche fresca de verano, sin nubes cubriendo el cielo. Él volvió a salir por la puerta trasera de la casa y bajó de nuevo las escaleras que descendían al jardín. Sus pies descalzos sintieron la hierba y pisaron los insectos que no pudieron echar a revolotear a su alrededor. Sobre él, las estrellas volvían a brillar, como hermosas bombillas parpadeantes que fracasaban en encender la noche. Caminó muy lentamente, sintiendo la tierra húmeda mojando sus dedos.
Las luciérnagas volaron en círculos, intentando de nuevo de hacerse ver desde el suelo.

Se sentó el último escalón y se quedó mirando el vuelo de aquellos insectos. La noche anterior las había golpeado, lleno de rabia. La anterior las había admirado. Aquella noche sentía lástima por ellas, aquella noche se veía reflejado en ellas.
Observaba su brillo y su débil baile que dejaría de ser visto en cuanto volviera a entrar en la casa. Él era el único espectador de aquel sueño, de aquella lucha por sus sueños.
Como ellas, había intentado alcanzar sus sueños, pero en aquel momento le parecía que nunca conseguiría lograrlos, al igual que las luciérnagas nunca llegarían al cielo. Y cuando, desesperanzado, iba a levantarse y marcharse, volvió la vista a los insectos y comprendió el esfuerzo que estaban haciendo. Esa noche volvió a admirarlas y se prometió a sí mismo que cada noche, que cada día, en cada segundo, lucharía por sus sueños. Y aunque no alcanzase las estrellas, haría brillar su propio camino tal y como las luciérnagas.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Nudos

Sus cabellos le buscaban, desafiando al viento, meciéndose en su contra. Y allí, a su lado, ondulaban y se peleaban para estar más cerca de Él.
Sus dedos danzaban por su cuerpo para encontrar el lugar donde aferrarse y no volver a soltarse. 

Ella sólo quería dejar atrás los gritos y la penumbra para llegar a sus brazos, y enredarse con Él hasta no saber dónde acababa uno y donde empezaba el otro.


Se maldecía por no haber escuchado al marinero 
que de pequeña le enseñaba a hacer nudos.
Y ahora se preguntaba cuál de ellos podría atarla 
para permanecer a ti siempre anclada.

martes, 29 de noviembre de 2011

Hambre de ti

Y cuando se terminó el yogur, comenzó a comerse la noche con la cucharilla, esperando que quizás, y sólo quizás, conseguiría por fin acortar la distancia que la separaba de ti.

martes, 8 de noviembre de 2011

Blancos y negros

La melodía escapaba de la radio, flotando por la casa y subiendo las escaleras hasta su habitación. Allí, Ella miraba por la ventana con una sonrisa pícara. Sus ojos también sonreían.
En la negrura de la noche, la luna pintaba las nubes que pasaban frente a ella de gris oscuro. El resto se perdían en las sombras. Pero en el interior de aquella casa, las sombras quedaban limitadas a oscurecer los colores y a huir de la luz.
Segura de sí misma, apretó el grueso jersey de lana contra su cuerpo y bajó las escaleras hasta abrir la puerta, dejando que el frío nocturno la hechizara. Caminó descalza sobre las hojas caídas hasta que, entre árboles dormidos, quedó lejos de la seguridad. Y aun así se sintió tranquila. Su sonrisa se retiró para descansar y sus ojos escrutaron el horizonte difuso.
Se sentía tranquila, capaz de aceptar que las luces y las sombras seguirían cambiando a su alrededor. Pero Ella se mantendría en pie entre todas las tormentas y sus sosiegos.