domingo, 15 de marzo de 2026

Experiencia

Hacía años. Muchos, muchos años, había aprendido a amar el café frío. No frío por ponerle hielo a un vaso grande, de tubo. No era un frío intencionado. Era el frío que se cuela por la rendija de una puerta que no aísla del todo, creando una corriente que se arremolina en tus tobillos. Era el frío que crece en tus ojos justo antes de que se empiece a derramar una lágrima no deseada. Era el frío que dejas de sentir cuando te encuentras acurrucada en la más muerta de las apatías.

Los años, que le habían regalado canas, también le habían regalado calidez para enfrentarse al frío. Ahora, era capaz de amarlo, porque había aprendido a comprenderlo. Ahora se ponía un cárdigan holgado que le tapaba incluso las piernas. Ahora, calentaba su café con un posavasos eléctrico. Ahora, había aprendido a entender su frío. Entendía que la solución no se encontraba en aprender a eliminarlo, sino en abrirle la puerta cuando exigía entrar. En coger el cárdigan y apretar el botón de calor del posavasos justo antes de sentarse frente a él a escuchar lo que tenía que decir. Y después, había aprendido a decirle al frío que tenía que esperar, que este no era su momento. Que lo dejaba coexistir con ella, pero que no iba a dejar que invadiera todos los rincones de su casa. Que, en su espacio, solo tenía hueco a ratos. Y que, por primera vez en su vida, ahora ella era prácticamente capaz de elegir cuándo esos momentos tendrían lugar.


miércoles, 14 de diciembre de 2016

La mujer árbol

La joven encendió el agua caliente hasta que el vapor inundó la habitación. Se tumbó en la bañera, como tantas otras veces había hecho, y dejó su mente volar.

En su viaje la acompañaban unos suaves acordes de guitarra, las palabras de un dulce violín, los secretos de un sereno piano y la voz calmada de un hombre. Dejó que su vista se nublara hasta solo ver el vapor pasar, bailando en formas misteriosas para ella. Se concentró solo en la música, en la música y en sentir cómo las gotas de agua se condensaban en su pecho y caían con una suave caricia por su costado.

Y allí sonrió. Estaba allí y volvía a estar aquí, en su pequeño santuario. El que hacía años que no pisaba. Se sintió en su hogar, y su hogar no la extrañaba, pues en el fondo sabía que volvería.

Sonrió al encontrarse con la misma chiquilla de hace años. De hecho, la saludó cordialmente. Se alegraba de reconocerse en la mujer que era ahora. Sonrió al encontrar a su vieja amiga: esa sensación agradable en la boca al saber que, a pesar de las heridas, nada ni nadie había podido cambiarla. Seguía siendo ella.

Se sintió como un árbol que ya había echado corteza gruesa. Sintió cómo habían crecido las cicatrices que habían dejado en la misma algunas personas, y sonrió al ver que aunque allí estaban las heridas, su cuerpo las había hecho sutas. Los nombres que habían intentado permanecer en la corteza ya no los poseían sus dueños. Eran de ella. Ella era ella. La de siempre.

Y, por última vez, sonrió en su pequeño santuario mientras ponía suavemente una mano en aquella pared de palabras. Le dedicó una cálida despedida, sabiendo que no sería definitiva.

Sabía el camino de vuelta.

So we walked and walked and walked along our way.


sábado, 13 de julio de 2013

Quieto y frío

Hoy soy ese animal salvaje, torturado por los puñales del frío reproche y herido por el silencio y abandono. Hoy soy ese animal peligroso que lanza dentelladas a todo lo que se acerca. Hoy salto a las gargantas para que los cuerpos se queden fríos y yo vuelva a estar sola.

Y mañana, después de ser consumida por el odio, me inundará la pena que ahogaba con la rabia. Mañana lloraré por haber mordido aquello que me era conocido, que en un tiempo fue abrazo y cariño, pero que hoy está frío. Quieto y frío.

martes, 28 de mayo de 2013

Trozos

Me siento completamente dividida. Siento que soy un conjunto de trozos unidos por hilo irrompible, y cada pedazo tira en una dirección diferente desesperadamente. Me abruma. Me colapsan todas las direcciones que tengo frente a mi -qué deberías hacer, qué quieres hacer, cuál es más importante, cuál no puede esperar, cuál siente que no puede esperar...-

Soy un montón de trozos en el que cada uno no quiere aceptar a los otros. Solo tiran y tiran intentando romper el hilo para escapar, pero el hilo no puede romperse, yo no puedo perder a lo que es parte de mi.

jueves, 18 de abril de 2013

Anatomía y fisiología

Últimamente caigo mucho en mis pozos, aunque no de la misma forma.

A veces me hundo en el de la tristeza, donde haga lo que haga, toque lo que toque, mire a donde mire, me pego en las paredes de pena hasta que se cierran sobre mi y me ahogo, pero nunca del todo.

Otras veces me hundo en el de mis miedos. Ese es el más frecuente, el que más visito. Además, creo que los gobierna a todos los demás. Ese pozo me molesta, me enfada, porque siempre está ahí para recordarme con viejas experiencias que, por muy bueno que sea algo, puedo perderlo. Creo que en ese sentido es como una niña que todavía no ha asumido que todo tiene un final. Puede que esa niña haya aceptado la ley inamovible de que todos morimos, tarde o temprano, pero creo que esa niña es demasiado pasional, demasiado romántica, y se niega a dejar morir a las emociones, al amor. Que ese muera cuando lo haga yo, piensa. Me cae bien, es de las mías: un poco tonta, muy soñadora e ingenua. Y cabezota, hasta la médula.

Pero hay otro pozo. Otro más, aunque no creo que sea el último. Quizás sólo soy consciente de esos. Este otro pozo es el de la anodinia. Es mi instinto más primitivo de supervivencia, mi defensa. Es ahí donde voy cuando algo me hace daño. Entro tranquilamente en el pozo y lo encuentro confortable, porque allí no siento. No siento dolor, pero tampoco el resto de emociones, y eso es lo que me termina haciendo salir. Puede que sea unas horas o unos días más tarde, pero termino saliendo, con o sin ayuda. Porque mi cuerpo me pide sentir, aunque duela. Es parte de mi esencia, no son pocos los que me definen como un ser muy visceral, alguien que se deja llevar plenamente por las emociones... ¿Cómo permanecer en el pozo de la nada cuando mi timón son las emociones? Voy, me quedo y me voy. Unas veces regreso mejor, otras peor. Pero regreso.
Sin embargo siempre vuelvo a él. Es el resultado de los años que llevo a la espalda, por pocos que puedan ser aún. Todavía siento a ese pozo como parte de mi, por lo que no tengo proyectos por ahora para derribarlo. Es un lugar seguro, aunque no sea el más adecuado. El problema es que a veces recurro a él cuando todavía no he recibido ningún daño, si no cuando me llega una sospecha de que pueden dañarme. Y lo peor es que a veces huyo a este pozo bajo sospechas irreales, porque son irreales por mucho que yo las confunda. En eso sí estoy trabajando. Estoy intentando apartarlo del pozo de los miedos en este sentido. Para que no me engañe con viejos recuerdos y me haga esconderme de la nada... en la nada.

Últimamente caigo mucho en mis pozos. Pero creo que es porque me estoy enfrentando a lo que hay en ellos.
No lucho contra ellos, porque ahora mismo creo que sería como intentar arrancarme un dedo o un mechón de pelo. Combato contra lo que ya cayó en su interior, quedó atrapado y no debería seguir allí, no como el primer día.

Y agradezco a todos los que me ayudan para que salga de cualquiera de ellos;
que aunque últimamente caiga demasiado, es para caer menos en un futuro.
Gracias por enseñarme a levantarme.

miércoles, 17 de abril de 2013

Agua

Me encanta el agua, es parte de mi.
Es más que un sentimiento de gusto o disgusto. Es una necesidad. Un alivio que recorre mi cuerpo cuando me sumerjo en ella. Como si comenzara a respirar en el momento en el que empiezo a aguantar la respiración para saltar a la profundidad. La profundidad, como el agua misma, también forma parte de mi.

Cuando no tengo espacio suficiente para nadar -para moverme hasta agotarme, para sentirme libre con cada movimiento, donde mi cuerpo no pesa y puedo elevarme y sumergirme cuando yo decida, en aquel mundo que tan bien conozco y que parezco gobernar- me contento con llenarme la bañera, cerrar los ojos y sentir cómo el agua va ascendiendo por mi cuerpo lentamente, poco a poco, como un susurro, como una suave caricia en mi piel de aquella amante tan conocida. Me tranquiliza que se me hundan las orejas y escuchar el mundo de otra forma. Los sonidos externos se olvidan, los internos se amplifican. Todo suena en un acorde muy distinto. Me concentro en el latir de mi propio corazón, en el mío y en el de nadie más. Es un viaje tranquilo hacia mi interior, donde voy y quiero ir sola. Allí están mis recuerdos y mis secretos, y me los cuentan mis propios latidos, que me hablan como lo hace un amigo cuando necesitas que alguien te haga ver las cosas desde otra perspectiva.
El agua sigue subiendo y me besa los labios. Y es entonces, justo antes de cerrar el grifo, cuando imagino cómo sería dejar que siguiera subiendo. Imagino cómo sería que me llegara a cubrir del todo y yo no llegara a ahogarme. Cómo podría quedarme allí para siempre, porque allí el agua me mece en la paz que yo misma he encontrado; que se siente, parece, sabe, suena y huele a mi.

Cuando ni siquiera tengo agua en la que sumergirme, cuando ni siquiera tengo agua que tocar para recordar todo eso, me concentro. Me concentro como ahora y consigo sentir, en parte, lo que el agua me hace ser.
Es allí donde voy cuando necesito la paz que nadie puede darme. Es allí donde voy para verme tal y como soy.

domingo, 3 de febrero de 2013

¿Te he dicho alguna vez que tienes una sonrisa preciosa?

Y la tienes.

Cuando te ríes tus ojos se rasgan y, paradójicamente, te iluminan la cara aunque casi desaparecen entre tus párpados. Tu boca se ensancha en una gran sonrisa y tu rostro se muestra amable y cariñoso.

Se podrían escribir odas a tu risa, pero yo sólo quiero dedicarte ésto para que nunca te olvides de sonreír. Que tienes el poder de calentar corazones y sanar almas con una simple sonrisa. Simple gesto con el que moverías montañas.

No te aflijas, que harás el mundo tuyo y lo enamorarás con tu sonrisa.

sábado, 29 de diciembre de 2012

Piezas y engranajes

Y por primera vez he dudado.

Por primera vez me ha asustado esa posibilidad. 
Por primera vez he temido que se haga real.
Por primera vez he temido al futuro: 
he temido nuestro final

martes, 4 de diciembre de 2012

Defensas

Es la rabia que prende en mi pecho, como un incendio descontrolado o un caballo desbocado. Es la máscara inexpresiva anclándose en mi rostro, justo un segundo después de percibir peligro. Es el escudo de acero alzándose contra el enemigo al notar el mínimo impacto. Es la mano que aparta la lanza y la otra que golpea tu cara. 
¡Atrás! gritan mis ojos, que arden en un pequeño instante, como la chispa del mechero que no lo prende, pero que está lista para encenderlo. Atrás, no te atrevas a seguir. No te acerques más, te lo advierto. No sigas por ese camino o no me volverás a ver en él.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Al cerrar los ojos

A veces lo necesito, lo busco. Me alejo de las personas y me aíslo en un rincón silencioso, sin voces y sin huellas. Y al cerrar los ojos me encuentro en la cima de un faro de grande cristalera, blanco, y con un tejado morado como cielo de un día que muere sobre el océano.
Y allí me encuentro, completamente sola, inspirando con lentitud el olor a sal. Escuchando el arrullo del agua que me canta y contemplando la trayectoria del sol y de las estrellas.
Pero cada vez que voy a ese faro la luz está apagada. Es lo que más agradezco de aquel lugar. Es el faro apagado, la apagada necesidad. 
Es la tranquila soledad.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Dientes y garras

Tumbado en la cama con las manos bajo la cabeza la miré. Tenía el cuerpo oculto entre las sábanas y el pelo revuelto. Me miraba con aquellos ojos salvajes, con aquella mirada de loba que acecha. Aquellos ojos que brillaban de hambre y de pena. Aquella mirada que estremece y que provocó que saltara la trinchera y acabara con la distancia que nos separaba.
Pronto las sábanas caían al suelo y nosotros volvíamos a comenzar nuestra lucha encarnizada.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Invierno

Ayer me acosté con miedo y ese miedo sigue hoy comiéndome las entrañas. Es un miedo frío y lento, como una voz pastosa que intenta gritar sin poder emitir sonido.
Temo que la emoción no brille ya en tus ojos y me aterra la idea de que yo me haya convertido en una pequeña parte de tu rutina. Y aunque llegar a ser tu rutina sigue siendo uno de los deseos que más imploro me aterra no destacar en ella. Me aterra que tus ojos tan solo se fijen en mi unos segundos antes de volver a desviar tu atención, pero sobre todo me entristece pensar que pueda no llenarte de luz tu vida como lo hice en un principio.

Me entristece pensar que ese día llegará,
pero me mata creer que ya haya llegado.

lunes, 15 de octubre de 2012

Verde podrido


Caminaba por la calle atravesando la noche y a las personas, como un ánima. Nada le llamaba la atención a su alrededor, ya no. Caminaba mirando al suelo gris.
De repente se detuvo, el camino se había acabado. Miró por primera vez para saber dónde estaba. Estaba en la cima de una pequeña colina. Frente a ella se extendía ante su mirada una inmensa llanura llena de cosas: las casas donde había vivido y la casa donde aún vivía; las personas con las que había estado y aquellas a las que todavía veía; los lugares donde había estudiado y donde aún estudiaba; también estaban los caminos que había recorrido, pero no conseguía ver el que tenía que recorrer, o no quería verlo.
Volvió sobre sus pasos y deshizo el camino caminado. La gente la miraba y ella les devolvía una mirada cargada –cargada de cansancio y apatía- con aquellos ojos que antes eran marrones y ahora eran verdes oscuros, como podridos, como una planta a quien alguien ha regado demasiado con lágrimas.

jueves, 4 de octubre de 2012

Aire

Y, hasta que vuelvas, me plantaré en la tierra y cavaré hondo para que no me lleve el aire.
Porque cuando estás conmigo haces del mundo un lugar fácil y ligero
y si te vas me dejas flotando en el viento.
Y volando allá donde me lleve el aire tengo miedo de alejarme y perderme
y de naufragar en una isla donde no pueda encontrarme.
Una isla donde pasaría las horas escudriñando el reflejo del agua por si mi lado a te veo
y escalando a los árboles y saltando, por si el viento me lleva de nuevo escuchando mi deseo.

Y, hasta que vuelvas, me plantaré en la tierra y cavaré hondo para que no me lleve el aire.
Y allí me quedaría, para esperarte y no volarme.
Y si mis hojas se marchitan y comienzo a agrietarme,
Y si mi corazón sigue intentando echar raíces
me haré un ovillo y soñaré contigo mientras aguardo
a que tus ojos me vean y tus besos me rieguen
y tu sonrisa despierte de nuevo mi primavera y tus caricias me curen.

martes, 18 de septiembre de 2012

Aguas negras

El barco surcaba las aguas negras y rompía el reflejo de la luna de la superficie. En la cubierta ella, arropada y abrazada por la tela de su chaqueta, observaba las parpadeantes luces de la ciudad, ya lejana.
La puerta a sus espaldas se abrió silenciosa. Él se aproximó a ella y sus brazos rodearon su espalda. Los labios color carmín de ella sonrieron de forma secreta, pues en aquella noche guardaba un secreto con aquella luna vieja.
Un secreto y una promesa llevados el viento de la noche.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Quimera

A través de la fotografía, la observaba desde lo alto. Los lunares de sus hombros formaban pequeñas constelaciones de estrellas en su piel morena. Sus ojos canelas eran surcados por espesas pestañas negras como nubes que rozan dos lunas. Sus delgadas orejas casi eran tapadas por los mechones de cabello que navegaban por su espalda descubierta. Su cabello, sus ojos y su piel se iluminaban con la luz de aquel instante del pasado. 
Las manos del joven sostenían aquella vieja fotografía, y sus ojos, tan distintos de los de aquella mujer, recorrían cada detalle. Había algo, pensaba. Aquella mujer tenía algo que no era capaz de llegar a comprender. Y, aunque se lamentaba con la certeza de que nunca llegaría a averiguarlo, bebía de cada una de las miradas que compartían. Pasaba las horas encerrado en su cuarto sintiendo como anidaban mariposas en su estómago cuando ella le miraba como nunca nadie lo había hecho.

lunes, 20 de agosto de 2012

Relato de un fantasma

Hoy quería rescatar este texto que escribí hace tiempo en otro blog. 
Siempre le tuve un cariño especial y quería recordarlo:

Ella permanecía quieta en el aire. Sabía que el viento agitaba todo a su alrededor, pero en realidad todo estaba muy quieto. En aquel lugar todo estaba quieto, incluso cuando se movían en aquella bruma sin color.
A veces recorría las calles de lo que antes fue para Ella una agitada ciudad, aunque quizás ahora fuera diferente, no tenía forma de saberlo. Notaba cómo más de Ellos pasaban a su lado, sin prestarle atención. Tampoco es que le importara. Ellos iban vagando al igual que Ella.
Volaba sobre las aceras sorteando a los Otros que caminaban por las calles. La única forma de distinguir a las formas de Ellos de la de los Otros es por su actitud. No podía escuchar qué decían los Otros, en aquel lugar estaba todo callado. Tampoco podía distinguir sus rostros. En aquel lugar nadie tenía rostro. Los Otros caminaban siempre con prisas de un lado para otro, cruzando las calles corriendo entre el tráfico. Y si se detenían o si comenzaban a andar de nuevo, era siempre por un propósito. Ellos no tenían nada que hacer, nunca hacían nada. Solo vagaban. Sorteaban y vagaban.

-Me gustaría poder sentir el viento- dijo uno de Ellos en algún momento, quizás hablando consigo mismo. Ella se detuvo un instante, dejándose mecer por la espesa bruma.
Silencio...
-Quierría volver a oler algo, quizás un jazmín el flor, o quizás la comida antes de llevármela a la boca. Querría comer algo de nuevo- comentó otro de Ellos casi para sí mismo.
Silencio...
-Me gustaría mirar a alguien a los ojos. Unos ojos verdes, vivos. Recuerdo unos ojos verdes, pero no se a quién pertenecían. Ya no recuerdo nombres...- señaló otro.
Silencio...
-Colores... echo de menos los colores- susurró otro.
Silencio...
-Lo que más echo yo de menos- dijo Ella hablándole a nadie en concreto- es el sonido de los latidos de un corazón.
Se balanceó sobre sí misma un rato. Puede que fuera mucho, puede que fuera poco. Quizás pensando en algo, quizás sin pensar en nada. Quizás alguien más estuviera hablando, Ella no se enteró de nada.
Silencio...
Volaba de nuevo sobre las aceras sorteando a los Otros que se caminaban por las calles.
Notaba cómo más de Ellos pasaban a su lado, sin prestarle atención. Tampoco es que le importara. Ellos iban vagando al igual que Ella.
Solo vagaban... sorteaban y vagaban.

La mujer salvaje

Es ella. La que nunca fue domada. La que camina y te mira, atravesándote con sus ojos oscuros llenos de fuerza. Sus pies no dudan. Si tiene miedo, no le asusta mostrarlo. Si siente ira, la libera. Cuando llega, si ella quiere, todos callan. Si hay música, ella le da ritmo y si ella quiere, la música para.


Inspirado en Sara Baras (La Pepa)

miércoles, 20 de junio de 2012

El hombre que ignoraba demasiado

Desde su trono de hielo contempla la ventisca a través de la ventana.
Con sus helados ojos observa atentamente el mundo exterior.
En sus aposentos, la chimenea cultiva ceniza;
las velas se consumen sin apenas cera.
Allí acumula sus tesoros: objetos brillantes, extraños;
muy antiguos o muy nuevos; recuerdos de sus conquistas, 

palabras de amor de extrañas en papeles agrietados.
Los libros y más libros, alimentados con polvo y con su mirada atenta,
son estudiados por el hombre que ignoraba demasiado.
Escudriña en ellos en busca de sabiduría para entender lo que afuera crece.
Se cree las palabras que se traga con sus ojos de hielo
sin más pruebas que la tinta sobre el pergamino.
Hombre ignorante sin saberlo,
creyendo que comprendía todos los misterios del universo.
Por ello, todas sus decisiones debían de ser las correctas,
pues no habría nadie más culto en todos los temas. 

Y, aunque se equivocaba, nunca llegaría a ser consciente de ello. 
Había olvidado aprender de la vida, 
olvidando cómo se vive, si es que aquello existía.
Olvidando cometer errores, pues nunca se atrevía.
Era el Rey de las oportunidades perdidas,
pues era, además, el hombre que nunca había amado, aunque sí había sido amado.

Y mientras él miraba con desdén a los aldeanos,
que eran gobernados por la vida, ellos le temían,
pues no comprendían cómo un hombre podía parecer tan poco humano.
Era el hombre que ignoraba demasiado.

martes, 12 de junio de 2012

Nuestra propia Roma

A veces un imperio no cae 
a manos de invasores enmascarados
 que escalan sus murallas 
o a causa de fuegos que se extienden 
o de inundaciones crecientes. 
A veces se muere por dentro.

Y así murió nuestro propio Imperio: no hubo guerra, no hubo inundaciones ni llamas que nos quemaran vivos mientras todavía perdurábamos. 
Nos moríamos poco a poco de hambre, marcando más y más las costillas contra la pálida piel. Nos apretábamos el cinturón para sostener las apariencias. Nos engañamos insistiendo en que nuestra enfermedad no nos roía los huesos, pero en realidad nos consumimos con el tiempo, con cada respirar. 
Fue la inestabilidad de nuestro gobierno, nada de presión externa, sino el descontento del pueblo.
Fueron siglos de debilidad y agonía, o eso me lo parecieron.
Fue la caída de nuestro Imperio Romano.