domingo, 3 de febrero de 2013

¿Te he dicho alguna vez que tienes una sonrisa preciosa?

Y la tienes.

Cuando te ríes tus ojos se rasgan y, paradójicamente, te iluminan la cara aunque casi desaparecen entre tus párpados. Tu boca se ensancha en una gran sonrisa y tu rostro se muestra amable y cariñoso.

Se podrían escribir odas a tu risa, pero yo sólo quiero dedicarte ésto para que nunca te olvides de sonreír. Que tienes el poder de calentar corazones y sanar almas con una simple sonrisa. Simple gesto con el que moverías montañas.

No te aflijas, que harás el mundo tuyo y lo enamorarás con tu sonrisa.

sábado, 29 de diciembre de 2012

Piezas y engranajes

Y por primera vez he dudado.

Por primera vez me ha asustado esa posibilidad. 
Por primera vez he temido que se haga real.
Por primera vez he temido al futuro: 
he temido nuestro final

martes, 4 de diciembre de 2012

Defensas

Es la rabia que prende en mi pecho, como un incendio descontrolado o un caballo desbocado. Es la máscara inexpresiva anclándose en mi rostro, justo un segundo después de percibir peligro. Es el escudo de acero alzándose contra el enemigo al notar el mínimo impacto. Es la mano que aparta la lanza y la otra que golpea tu cara. 
¡Atrás! gritan mis ojos, que arden en un pequeño instante, como la chispa del mechero que no lo prende, pero que está lista para encenderlo. Atrás, no te atrevas a seguir. No te acerques más, te lo advierto. No sigas por ese camino o no me volverás a ver en él.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Al cerrar los ojos

A veces lo necesito, lo busco. Me alejo de las personas y me aíslo en un rincón silencioso, sin voces y sin huellas. Y al cerrar los ojos me encuentro en la cima de un faro de grande cristalera, blanco, y con un tejado morado como cielo de un día que muere sobre el océano.
Y allí me encuentro, completamente sola, inspirando con lentitud el olor a sal. Escuchando el arrullo del agua que me canta y contemplando la trayectoria del sol y de las estrellas.
Pero cada vez que voy a ese faro la luz está apagada. Es lo que más agradezco de aquel lugar. Es el faro apagado, la apagada necesidad. 
Es la tranquila soledad.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Dientes y garras

Tumbado en la cama con las manos bajo la cabeza la miré. Tenía el cuerpo oculto entre las sábanas y el pelo revuelto. Me miraba con aquellos ojos salvajes, con aquella mirada de loba que acecha. Aquellos ojos que brillaban de hambre y de pena. Aquella mirada que estremece y que provocó que saltara la trinchera y acabara con la distancia que nos separaba.
Pronto las sábanas caían al suelo y nosotros volvíamos a comenzar nuestra lucha encarnizada.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Invierno

Ayer me acosté con miedo y ese miedo sigue hoy comiéndome las entrañas. Es un miedo frío y lento, como una voz pastosa que intenta gritar sin poder emitir sonido.
Temo que la emoción no brille ya en tus ojos y me aterra la idea de que yo me haya convertido en una pequeña parte de tu rutina. Y aunque llegar a ser tu rutina sigue siendo uno de los deseos que más imploro me aterra no destacar en ella. Me aterra que tus ojos tan solo se fijen en mi unos segundos antes de volver a desviar tu atención, pero sobre todo me entristece pensar que pueda no llenarte de luz tu vida como lo hice en un principio.

Me entristece pensar que ese día llegará,
pero me mata creer que ya haya llegado.

lunes, 15 de octubre de 2012

Verde podrido


Caminaba por la calle atravesando la noche y a las personas, como un ánima. Nada le llamaba la atención a su alrededor, ya no. Caminaba mirando al suelo gris.
De repente se detuvo, el camino se había acabado. Miró por primera vez para saber dónde estaba. Estaba en la cima de una pequeña colina. Frente a ella se extendía ante su mirada una inmensa llanura llena de cosas: las casas donde había vivido y la casa donde aún vivía; las personas con las que había estado y aquellas a las que todavía veía; los lugares donde había estudiado y donde aún estudiaba; también estaban los caminos que había recorrido, pero no conseguía ver el que tenía que recorrer, o no quería verlo.
Volvió sobre sus pasos y deshizo el camino caminado. La gente la miraba y ella les devolvía una mirada cargada –cargada de cansancio y apatía- con aquellos ojos que antes eran marrones y ahora eran verdes oscuros, como podridos, como una planta a quien alguien ha regado demasiado con lágrimas.

jueves, 4 de octubre de 2012

Aire

Y, hasta que vuelvas, me plantaré en la tierra y cavaré hondo para que no me lleve el aire.
Porque cuando estás conmigo haces del mundo un lugar fácil y ligero
y si te vas me dejas flotando en el viento.
Y volando allá donde me lleve el aire tengo miedo de alejarme y perderme
y de naufragar en una isla donde no pueda encontrarme.
Una isla donde pasaría las horas escudriñando el reflejo del agua por si mi lado a te veo
y escalando a los árboles y saltando, por si el viento me lleva de nuevo escuchando mi deseo.

Y, hasta que vuelvas, me plantaré en la tierra y cavaré hondo para que no me lleve el aire.
Y allí me quedaría, para esperarte y no volarme.
Y si mis hojas se marchitan y comienzo a agrietarme,
Y si mi corazón sigue intentando echar raíces
me haré un ovillo y soñaré contigo mientras aguardo
a que tus ojos me vean y tus besos me rieguen
y tu sonrisa despierte de nuevo mi primavera y tus caricias me curen.

martes, 18 de septiembre de 2012

Aguas negras

El barco surcaba las aguas negras y rompía el reflejo de la luna de la superficie. En la cubierta ella, arropada y abrazada por la tela de su chaqueta, observaba las parpadeantes luces de la ciudad, ya lejana.
La puerta a sus espaldas se abrió silenciosa. Él se aproximó a ella y sus brazos rodearon su espalda. Los labios color carmín de ella sonrieron de forma secreta, pues en aquella noche guardaba un secreto con aquella luna vieja.
Un secreto y una promesa llevados el viento de la noche.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Quimera

A través de la fotografía, la observaba desde lo alto. Los lunares de sus hombros formaban pequeñas constelaciones de estrellas en su piel morena. Sus ojos canelas eran surcados por espesas pestañas negras como nubes que rozan dos lunas. Sus delgadas orejas casi eran tapadas por los mechones de cabello que navegaban por su espalda descubierta. Su cabello, sus ojos y su piel se iluminaban con la luz de aquel instante del pasado. 
Las manos del joven sostenían aquella vieja fotografía, y sus ojos, tan distintos de los de aquella mujer, recorrían cada detalle. Había algo, pensaba. Aquella mujer tenía algo que no era capaz de llegar a comprender. Y, aunque se lamentaba con la certeza de que nunca llegaría a averiguarlo, bebía de cada una de las miradas que compartían. Pasaba las horas encerrado en su cuarto sintiendo como anidaban mariposas en su estómago cuando ella le miraba como nunca nadie lo había hecho.