domingo, 15 de marzo de 2026

Experiencia

Hacía años. Muchos, muchos años, había aprendido a amar el café frío. No frío por ponerle hielo a un vaso grande, de tubo. No era un frío intencionado. Era el frío que se cuela por la rendija de una puerta que no aísla del todo, creando una corriente que se arremolina en tus tobillos. Era el frío que crece en tus ojos justo antes de que se empiece a derramar una lágrima no deseada. Era el frío que dejas de sentir cuando te encuentras acurrucada en la más muerta de las apatías.

Los años, que le habían regalado canas, también le habían regalado calidez para enfrentarse al frío. Ahora, era capaz de amarlo, porque había aprendido a comprenderlo. Ahora se ponía un cárdigan holgado que le tapaba incluso las piernas. Ahora, calentaba su café con un posavasos eléctrico. Ahora, había aprendido a entender su frío. Entendía que la solución no se encontraba en aprender a eliminarlo, sino en abrirle la puerta cuando exigía entrar. En coger el cárdigan y apretar el botón de calor del posavasos justo antes de sentarse frente a él a escuchar lo que tenía que decir. Y después, había aprendido a decirle al frío que tenía que esperar, que este no era su momento. Que lo dejaba coexistir con ella, pero que no iba a dejar que invadiera todos los rincones de su casa. Que, en su espacio, solo tenía hueco a ratos. Y que, por primera vez en su vida, ahora ella era prácticamente capaz de elegir cuándo esos momentos tendrían lugar.